Para los enamorados, el cielo es un escenario que generalmente procuran mirar de noche, a la vera de un mar calmo. Un espacio inconmensurable donde, asidos de la mano, se conmueven ante su belleza. Para otros, la observación tiene tintes más vulgares. La del agricultor, por ejemplo, que, después de una siembra que lo obligó a ingentes gastos y debilitó su economía familiar, fija sus ojos en una nube flaca y la exhorta a convertirse en lluvia. A propósito de ella, están quienes apenas la vinculan con un fenómeno atmosférico, medido en milímetros, y quienes, menos prosaicos, la visualizan como telón de fondo para el despertar de una relación apasionada o marco propicio para un desgarrador adiós amoroso. Cómo negar su influjo si Aníbal Troilo se inspiró en ella para componer el mítico tango “Garúa” y dijo como prueba de su desdicha: “Hasta el cielo se ha puesto a llorar”. Invasiva, pertinaz, benéfica, devastadora. La lluvia, para bien o para mal, es esto y mucho más. Se muestra tan abarcadora y acepta tantos enfoques que no faltan quienes descreen de sus alcances y suscriben la despectiva frase “Te oigo como quien oye llover...” Despojados de cualquier connotación lírica o comercial, también sobresalen quienes incursionan en la bóveda celeste para desentrañar sus misterios: los meteorólogos. Esos seres que permiten a los oyentes de informativos encarar la jornada que se avecina. Si con abrigo, ropa liviana o paraguas. A menudo, esos seudo “gurúes” de la vida cotidiana, a veces más emparentados con el azar que con la certeza, suelen ser blanco de improperios por el picnic que alentaron y por el desbande que, a fuerza de chubasco, provocaron. Todo, por cálculos mal resueltos o pronósticos demasiado optimistas. Muchas expresiones incluyen el término cielo en el habla cotidiana. Entre las más difundidas se destaca: “Movió cielo y tierra para lograrlo”. Pero una, incuestionablemente, está asociada al fuero íntimo de muchos: “Mi mayor anhelo, cuando me muera, es ir al cielo...”
Alejandro De Muro
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